El milagro de la ¿falsa? crisis alimentaria

 

De repente se han desvanecido los problemas de abastecimiento alimentario que esta primavera parecían ser la antesala del apocalipsis, la madre de todas las crisis,
pronóstico de catástrofes, hambrunas masivas, revoluciones e insurrecciones populares en todos los rincones del planeta. Parece que lo que más nos gusta en estos
tiempos de la globalización es ir corriendo de crisis en crisis como gallinas sin cabeza, gritando socorro, satisfechos de ser capaces de anunciar calamidades cada vez mayores.
Ahora la moda ha cambiado y dicen que estamos en la mayor crisis financiera que han visto los siglos. Ya veremos cómo se sale de esta, pero si en la quiebra de los bancos de
inversiones hemos de seguir con la misma gestión histérica que la famosa parálisis alimentaria, que Dios nos coja confesados.

De las discusiones que se produjeron cuando parecía que todos moriríamos de hambre, el único resultado ha sido acabar con la incipiente industria de los
biocombustibles, abominados como supuestos causantes de los peores males de toda la humanidad. La campaña que se ha llevado a cabo para acabar con esta alternativa
energética –sobre todo en Europa- puede ser utilizada como ejemplo de marketing obsceno. La secta verde no ha tenido ningún problema en hacerse eco de teorías
insensatas en beneficio –por cierto- de las grandes petroleras que como es natural no quieren competencia ahora que están logrando los mayores beneficios de la historia. Ha
bajado un poco el petróleo, se ha empezado a recolectar una buena cosecha de cereales después de unos años de sequía además de negligencia en la
gestión de los stocks, y de repente ya no hay crisis alimentaria. En realidad, todos los informes que vinculaban a los biocombustibles con el aumento de los precios de los
alimentos eran falsos o estaban manipulados, pero la palabra crisis adobada adecuadamente con el aceite de demagogia, que es hoy en día de uso muy corriente, ha obligado a la
Comisión Europea a reducir sus objetivos de uso de biocombustibles, aunque ello retrase la implantación de una medida necesaria que beneficiará a los agricultores
europeos, a los de los países del tercer mundo y de paso al medio ambiente. ¿Cómo se pudo ignorar la repercusión de los precios estratosféricos del
petróleo en los precios de los alimentos y empeñarse en culpar a una actividad todavía marginal? ¿Por qué no se ha mirado lo que sucede en Brasil,
donde el etanol es un recurso energético masivo y no ha habido penurias alimentarias? ¿Cuántos de estos falsos profetas del milenarismo, agitadores irresponsables,
han pedido perdón por las consecuencias de sus errores?

Es muy fácil llenar las pantallas de mensajes alarmistas sobre el calentamiento global, la capa de ozono o cualquier otra causa apadrinada por esta combinación
tóxica de política, propaganda y vanidad científica. Lo que no hace nadie es reconocer que se ha equivocado. ¿Cuántas barbaridades más
tendremos que sufrir todavía?

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